No se conocen a ciencia cierta los mecanismos por los que en un determinado momento el crecimiento descontrolado de células tumorales escapa a la supervisión de las células T asesinas, las cuales dejan de reconocer el complejo formado por el CMH de clase I y el antígeno tumoral.
No obstante, los avances en el conocimiento de cómo funciona nuestro sistema inmune han sido enormes en los últimos años, y se cree que la curación de muchas enfermedades no precisamente infecciosas, incluido el cáncer, depende del desarrollo de terapias capaces de desencadenar respuestas inmunitarias.
La inmunoterapia consiste en el empleo de fármacos que activan o suprimen respuestas del sistema inmune. A diferencia de las inmunoterapias dirigidas contra las enfermedades autoinmunes, consistentes en fármacos supresores o reguladores de la respuesta inmune, las inmunoterapias contra el cáncer se clasifican como de “activación”, y se basan en el principio de que es posible enseñar o estimular al sistema inmunitario para que reconozca un antígeno o proteina de la superficie de las células cancerígenas y las destruya.
Existen básicamente dos aproximaciones en el empleo de la inmunoterapia contra el cáncer: la primera de ellas -las inmunoterapias celulares- busca desarrollar terapias que estimulen el sistema inmune tras la aparición del cáncer -vacunas terapéuticas. La segunda aproximación se basa en el desarrollo de: 1) Vacunas preventivas de DNA que contienen el gen de la proteína contra la que se quiere vacunar; de esta forma, cuando las células absorben el ADN de la vacuna y se sintetiza la proteína, el sistema inmune la reconoce, actúa y genera los anticuerpos de inmunización; y 2) Virus recombinantes que expresan un antígeno –aquel que expresan a su vez las células del cáncer que quieren combatir- en combinación con cierta citocina (como la IL-2). Estas terapias tratan de desencadenar una respuesta inmune tanto del sistema inmune innato como del adaptativo.
Esta segunda aproximación se encuentra en sus albores. Sin embargo, la primera aproximación quedó validada en abril de 2010 cuando la FDA aprobó la primera inmunoterapia desarrollada por Dendreon Corporation (Nasdaq: DNDN) contra el cáncer de próstata. El anuncio de resultados positivos en los ensayos clínicos de fase III llevó a que la compañía pasara, en muy pocos meses, de 400 a más de 3.000 millones de dólares de capitalización bursátil.
Distintas tecnologías compiten en este campo. Un primer grupo desarrolla inmunoterapias personalizadas. Extraen sangre del paciente y someten determinadas células del sistema inmune a un proceso “de aprendizaje y reconocimiento” en laboratorio. Posteriormente esta células son reinyectadas en el paciente para que desencadenen una respuesta contra las células cancerígenas. Un segundo grupo de tecnologías emplean procedimientos más estándares del tipo “off-the-shelf”, es decir la administración de una molécula/sustancia estándar idéntica para todos los pacientes, por lo que el procedimiento terapéutico se simplifica.
La mayoría de las inmunoterapias en desarrollo clínico se caracterizan por el empleo de anticuerpos monoclonales, péptidos o proteínas de fusión ligados a un antígeno con especificidad por las células presentadoras de antígeno (APCs, por sus siglas en inglés) o células dendríticas del sistema inmunitario. El transporte selectivo del antígeno hasta las APCs tiene como objetivo que éstas, al presentar el antígeno a los linfocitos T, desencadenen una fuerte respuesta inmune contra las células tumorales que expresen dicho antígeno en su membrana.
Adicionalmente, las inmunoterapias o vacunas contra el cáncer pueden apoyarse en mecanismos de inducción de determinados moduladores del sistema inmunitario, como el sistema de complemento, los TLRs (Toll-Like Receptor Agonists), las interleucinas (ILs) o el interferón alfa.
Uno de los principales obstáculos que, desde mi punto de vista, deben afrontar estar terapias se encuentra en su desarrollo clínico. Cuando un paciente participan en un ensayo clínico previamente se ha visto sometido al “standard of care”, consistente en varios ciclos de quimioterapia que han debilitado enormemente su sistema inmune, por lo que es muy posible que éste ya no sea capaz de responder al estímulo de la vacuna o que lo haga de forma muy débil.
Otra dificultad -en realidad un desafío para cualquier terapia contra el cáncer- deriva de la hipotética existencia de células madres cancerígenas, mucho más resistentes, agresivas y evasivas. La vacuna estaría enseñando al sistema inmune a reconocer y atacar las células tumorales descendientes de esas células madres, pero éstas -por ser distintas que sus descendientes- podrían permanece intactas y reproducirse posteriormente sin ser detectadas por el sistema inmune activado mediante la inmunoterapia.
En la actualidad, y según la firma de investigación de mercados Decision Resources, existen 23 inmunoterapias en fase de desarrollo clínico.
No obstante, los avances en el conocimiento de cómo funciona nuestro sistema inmune han sido enormes en los últimos años, y se cree que la curación de muchas enfermedades no precisamente infecciosas, incluido el cáncer, depende del desarrollo de terapias capaces de desencadenar respuestas inmunitarias.
La inmunoterapia consiste en el empleo de fármacos que activan o suprimen respuestas del sistema inmune. A diferencia de las inmunoterapias dirigidas contra las enfermedades autoinmunes, consistentes en fármacos supresores o reguladores de la respuesta inmune, las inmunoterapias contra el cáncer se clasifican como de “activación”, y se basan en el principio de que es posible enseñar o estimular al sistema inmunitario para que reconozca un antígeno o proteina de la superficie de las células cancerígenas y las destruya.
Existen básicamente dos aproximaciones en el empleo de la inmunoterapia contra el cáncer: la primera de ellas -las inmunoterapias celulares- busca desarrollar terapias que estimulen el sistema inmune tras la aparición del cáncer -vacunas terapéuticas. La segunda aproximación se basa en el desarrollo de: 1) Vacunas preventivas de DNA que contienen el gen de la proteína contra la que se quiere vacunar; de esta forma, cuando las células absorben el ADN de la vacuna y se sintetiza la proteína, el sistema inmune la reconoce, actúa y genera los anticuerpos de inmunización; y 2) Virus recombinantes que expresan un antígeno –aquel que expresan a su vez las células del cáncer que quieren combatir- en combinación con cierta citocina (como la IL-2). Estas terapias tratan de desencadenar una respuesta inmune tanto del sistema inmune innato como del adaptativo.
Esta segunda aproximación se encuentra en sus albores. Sin embargo, la primera aproximación quedó validada en abril de 2010 cuando la FDA aprobó la primera inmunoterapia desarrollada por Dendreon Corporation (Nasdaq: DNDN) contra el cáncer de próstata. El anuncio de resultados positivos en los ensayos clínicos de fase III llevó a que la compañía pasara, en muy pocos meses, de 400 a más de 3.000 millones de dólares de capitalización bursátil.
Distintas tecnologías compiten en este campo. Un primer grupo desarrolla inmunoterapias personalizadas. Extraen sangre del paciente y someten determinadas células del sistema inmune a un proceso “de aprendizaje y reconocimiento” en laboratorio. Posteriormente esta células son reinyectadas en el paciente para que desencadenen una respuesta contra las células cancerígenas. Un segundo grupo de tecnologías emplean procedimientos más estándares del tipo “off-the-shelf”, es decir la administración de una molécula/sustancia estándar idéntica para todos los pacientes, por lo que el procedimiento terapéutico se simplifica.
La mayoría de las inmunoterapias en desarrollo clínico se caracterizan por el empleo de anticuerpos monoclonales, péptidos o proteínas de fusión ligados a un antígeno con especificidad por las células presentadoras de antígeno (APCs, por sus siglas en inglés) o células dendríticas del sistema inmunitario. El transporte selectivo del antígeno hasta las APCs tiene como objetivo que éstas, al presentar el antígeno a los linfocitos T, desencadenen una fuerte respuesta inmune contra las células tumorales que expresen dicho antígeno en su membrana.
Adicionalmente, las inmunoterapias o vacunas contra el cáncer pueden apoyarse en mecanismos de inducción de determinados moduladores del sistema inmunitario, como el sistema de complemento, los TLRs (Toll-Like Receptor Agonists), las interleucinas (ILs) o el interferón alfa.
Uno de los principales obstáculos que, desde mi punto de vista, deben afrontar estar terapias se encuentra en su desarrollo clínico. Cuando un paciente participan en un ensayo clínico previamente se ha visto sometido al “standard of care”, consistente en varios ciclos de quimioterapia que han debilitado enormemente su sistema inmune, por lo que es muy posible que éste ya no sea capaz de responder al estímulo de la vacuna o que lo haga de forma muy débil.
Otra dificultad -en realidad un desafío para cualquier terapia contra el cáncer- deriva de la hipotética existencia de células madres cancerígenas, mucho más resistentes, agresivas y evasivas. La vacuna estaría enseñando al sistema inmune a reconocer y atacar las células tumorales descendientes de esas células madres, pero éstas -por ser distintas que sus descendientes- podrían permanece intactas y reproducirse posteriormente sin ser detectadas por el sistema inmune activado mediante la inmunoterapia.
En la actualidad, y según la firma de investigación de mercados Decision Resources, existen 23 inmunoterapias en fase de desarrollo clínico.
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