martes, 5 de julio de 2011

Ciencia y plataforma tecnológica

La hipótesis sobre el funcionamiento o el fundamento biológico de una terapia son siempre plausibles y razonables. Pero eso no basta ni es garantía de eficacia. Cuando se empieza a analizar una compañía es fácil caer en la trampa de elocuencia y seducción de la “ciencia” que se nos presenta. Lo que se nos cuenta viene revestido con la fuerza de una lógica en apariencia aplastante, especialmente cuando los conocimientos en la disciplina en cuestión son limitados o nos falta experiencia para separar el grano de la paja. La compañía que empezamos a estudiar parece llamada irremediablemente al éxito y es muy fácil “enamorarse” de ella, lo que pondrá en serio riesgo nuestro sentido crítico y nuestro dinero.

Una compañía biotecnológica debe poseer “buena ciencia”. Una perogrullada. Habría que definir por tanto qué es “buena ciencia”, pero no sé si sabría hacerlo y, en cualquier caso, me extendería demasiado. Pero aunque no lo definamos, existen vías indirectas para entenderlo: amplitud, profundidad y robustez de la propiedad intelectual y patentes, medicamentos aprobados en el mercado, sólidos datos de ensayos, atención prestada en las publicaciones científicas, importancia concedida en los congresos científicos, paradigmas científicos en los que se basa la tecnología/fármacos, consistencia y evidencias de los fundamentos de los modelos teóricos, grado de comprensión y dominio de los mecanismos biológicos en que se basan las tecnologías en desarrollo, madurez relativa de la tecnología, productividad investigadora, trabajos y avances previos de terceros, logros y avances propios, esfuerzo científico en el mismo campo/paradigma de otras compañías, centros de investigación y universidades, colaboraciones científicas, intentos de boicoteo de patentes, etc.

No obstante, existe multitud de falsas señales en un sentido u otro. Por ejemplo, existe la extendida creencia de que una “ciencia” queda avalada si una gran compañía farmacéutica investiga en el mismo campo o colabora con determinada compañía en el desarrollo de un compuesto/tecnología. Bien, ante esto lo que puedo decir es que a veces es cierto, y a veces no. Y al contrario: si una gran farmacéutica abandona una colaboración (dirá siempre que sus prioridades estratégicas son otras), ni mucho menos debemos inferir que hayan visto algo definitivamente malo en el fármaco/tecnología. He observado varias veces cómo a los pocos meses de abandonar una colaboración, la pequeña compañía ha anunciado resultados espectaculares. Prejuzgar y actuar en base a lugares comunes suele ser un grave error.

En lugar de la noción de “buena ciencia” podría emplearse en un sentido más concreto el concepto de “plataforma tecnológica” de una compañía, y que podría definirse como el conjunto de patentes, paradigmas, modelos, técnicas y procedimientos científico-técnicos que configuran las estrategias en el tratamiento de dolencias y en el descubrimiento, diseño y desarrollo de medicamentos y terapias de una compañía. Una ejemplo de plataforma tecnológica sería el conjunto de conocimientos, patentes y procedimientos para el diseño y desarrollo de un determinado tipo de anticuerpos bi-específicos.

En el mercado encontramos 2 clases de compañías: por un lado, las que poseen una plataforma tecnológica -más o menos desarrollada- con productos obtenidos a partir de la misma y, por otro, compañías que desarrollan un conjunto heterogéneo de fármacos sin una plataforma que las aglutine, fármacos muchas veces formulados por otras entidades de las que licencian los derechos de desarrollo y comercialización. En principio, es preferible el primer modelo de compañía por varias razones más o menos evidentes. Una plataforma tecnológica proporciona diferenciación, nichos y áreas de dominio terapéutico potencial, fuertes barreras de entrada y técnicas difícilmente imitables. Una plataforma tecnológica sólida constituye por sí misma un aval de la ciencia que practica la compañía. Y por último, una plataforma tecnológica cuenta con altas posibilidades y expectativas de expansión a diferentes enfermedades y áreas terapéuticas, lo que a medio/largo plazo –y especialmente tras un primer éxito de la plataforma- incrementará sustancialmente el valor de la compañía.

Aún con numerosas ineficiencias, el mercado es implacable descontando expectativas. Si esperamos a la confirmación definitiva de una tecnología/ciencia, a que las evidencias sean abrumadoras, nos perderemos las grandes oportunidades. No queda más remedio que adoptar una postura audaz y apostar por tecnologías que puedan dar lugar a fuertes avances médicos, mientras sometemos a constante revisión los motivos de nuestras apuestas. Parece una buena decisión combinar valores de ciencia consolidada con otros de ciencia más especulativa pero con capacidad para convertirse en “game changers”.

Muchas preguntas debemos hacernos siempre en relación con la tecnología de una compañía:

¿Qué patentes se han tomado prestadas de otras entidades? Ninguna tecnología es totalmente pura o construida desde sus cimientos con conocimientos y patentes de una sola compañía. Pueden existir gravosos peajes o indeseables complicaciones legales.

¿Cuánto tiempo lleva una compañía desarrollando una “plataforma tecnológica” sin resultados o progresos? La ciencia se mueve en una escala de tiempo propia, casi geológica si lo comparamos con nuestra cotidianidad, y como inversores debemos reconocerlo, pero cuánto margen y qué fiabilidad podemos dar a una tecnología que tras 15 años, pongamos, no ha logrado avances significativos. Debemos preguntaros porqué la capitalización de una compañía que nos gusta es baja a pesar de tener aparentemente una poderosa tecnología.

¿Ha trascurrido el tiempo necesario para que la ciencia de la compañía hayan avanzado y madurado lo suficiente de modo que esté en disposición de ofrecer resultados significativos a medio plazo? Adelantarnos suele tener un elevado coste de oportunidad, basta ver los gráficos de muchos valores para entenderlo, y no podemos olvidemos que la ciencia de una biotecnológica puede quedar repentina e inesperadamente obsoleta. Hasta las mejores tecnologías deben esperar su momento. Quien profundice en las vicisitudes de la investigación médico-farmacológica descubrirá que fácilmente transcurren 20 años para que un concepto se transforme en alguna clase de producto en el mercado.

Por último, debe preocuparnos la protección de la propiedad intelectual (IP) y el esfuerzo de la compañía en este ámbito. La competencia tratará de romper el escudo protector de las patentes si detectan resquicio y huelen la debilidad financiera, las dudas y la falta de determinación de la compañía.

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