la revolución biotecnológica

Afrontamos aparentemente un periodo con exceso de capacidad instalada, escasas oportunidades de inversión y baja rentabilidad para el capital. Analistas e inversores se afanan en la búsqueda de los sectores que puedan ofrecer retornos superiores e impulsar una nueva etapa de progreso y crecimiento económico. La biotecnología puede ser uno de ellos, y creo que estamos ante una oportunidad de inversión que no suele darse más que una vez la vida.

El tratamiento de las enfermedades, tal como lo conocemos, está en pleno proceso de cambio, aunque el público y buena parte de la comunidad médico/farmacéutica apenas lo perciban. La investigación de nuevas terapias descansará cada vez más en el dominio de biología molecular y las técnicas de bioingeniería. La comprensión genética de la enfermedad y el desciframiento de las rutas moleculares involucradas permitirán que los fármacos vayan dirigidos a tratar de raíz las causas de las enfermedades. La medicina personalizada -basada en el conocimiento de nuestro perfil genético y fármacos adaptados al mismo- transformará profundamente nuestras vidas y la propia sociedad. Imaginemos por un momento la trascendencia y el valor de una compañía que logre avances significativos en el tratamiento del cáncer como enfermedad crónica de acuerdo al perfil genético y las mutaciones presentes en el paciente, o el de aquella que sea capaz de rejuvenecer un corazón enfermo. Nada hay tan inspirador para el progreso como la búsqueda de curas para graves enfermedades o mecanismos que prolonguen la vida en mejores condiciones.

Desde finales de los 70, y durante más de dos décadas, el mundo asistió a la revolución de las nuevas tecnologías que culminó en el frenesí del periodo 1998-2001. Los que supieron reconocer la tendencia y se incorporaron a tiempo a ella fueron extraordinariamente recompensados.

¿Pero cómo reconocer una verdadera revolución? El ser humano ha demostrado invariablemente su incapacidad para predecir el futuro, siempre modelado por las fuerzas del mercado, profundas motivaciones humanas, ideas, creencias y descubrimientos y tecnologías que no sabemos anticipar. El camino del progreso está repleto de incertidumbres, y no alcanzamos a intuir qué aplicaciones serán relevantes o cuáles serán las verdaderas necesidades y aspiraciones de la sociedad.

Pero no hay más remedio que imaginar ese futuro y buscar evidencias de su curso si queremos especular y beneficiarnos con él. Habrá otras revoluciones, sin duda, pero hay una que tenemos frente a nosotros avanzando sigilosamente: la revolución biotecnológica. La potencia y capacidad de la biotecnología para atacar las enfermedades de una manera mucho más eficaz confiere a la industria un enorme potencial de desarrollo y crecimiento a medio y largo plazo. La tendencia es sólida, numerosas tecnologías han madurado y otras están listas para salir del laboratorio tras muchos años de investigación y capital invertido. Están presentes los ingredientes y catalizadores necesarios para dicha revolución.

En cuanto a los ingredientes, existe una realidad innegable de descubrimientos y avances en manos no sólo de agencias públicas y universidades sino también, y muy especialmente, de compañías privadas. Muchas investigaciones han mostrado su potencial y diversas tecnologías han sido validadas. En la actualidad, algunos de los medicamentos más vendidos y rentables son ya de naturaleza biotecnológica. Más de 300 biológicos han sido aprobados y otros muchos se encuentran en las últimas etapas de su desarrollo clínico. Las ventas del sector biofarmacéutico han sobrepasado los 92.000 millones de dólares, con tasas de crecimiento de dos dígitos durante los últimos 5 años.

Por otro lado, el mercado cuenta con el catalizador imprescindible: el éxito de un importante número de compañías como Genentech, Biogen, Genzyme o Dendreon, las cuales han experimentado revalorizaciones y crecimientos fabulosos. Otras compañías están viniendo, y otras vendrán después. El éxito de todas ellas atraerá la atención de innumerables inversores, ávidos de nuevas y grandes historias y de dar con las empresas triunfadoras que las protagonizarán.

El siguiente gráfico compara el avance del Índice Biotecnológico Nasdaq con la evolución de los 3 principales índices norteamericanos (Dow Jones, SP500 y Nasdaq).


 

La revalorización del índice biotecnológico ha alcanzado un 650% desde mediados de 1995, mientras los grandes índices lo han hecho en torno a un 200%. El gráfico incluso pone en cuestión la identidad entre volatilidad y riesgo, o quizá más bien la propia volatilidad de un sector considerado generalmente volátil. También se aprecia cómo afectó al sector el hundimiento de los mercados en 2008-2009. Mientras los grandes índices perdían más del 50%, el índice biotecnológico contenía sus pérdidas depreciándose en torno a un 35%. Por otra parte, en el índice biotecnológico se distinguen mínimos crecientes y una tendencia ascendente, a diferencia de lo que ocurre en los grandes índices. La tendencia parece innegable. Ahora bien, el gráfico no cuenta toda la verdad: el índice no incorpora las empresas fracasadas -sólo las que han tenido éxito o continúan en el mercado- de un mercado en el que la tasa de fracaso y quiebra es superior al resto; de hecho, sólo 3 de cada 10 fármacos que entran en fase clínica logran llegar al mercado (fuente IMARC).

No sabemos cuándo desplegará esa revolución su pleno potencial, pero lo cierto es que el sector farmacéutico ha experimentado importantes transformaciones en los últimos años. Muchas de las grandes farmacéuticas sufren desde hace más de 10 años una fuerte erosión en el precio de su acción. Con modelos de negocio probablemente desfasados, se muestran incapaces de crear valor para sus accionistas y cosechan constantes fracasos en sus departamentos de I+D, lo que impide que nuevos fármacos renueven al ritmo requerido la cartera de productos millonarios que pierden año tras año sus patentes. Pfizer, al igual que otras grandes, viene reduciendo fuertemente sus gastos y plantilla de I+D. Seguirán haciéndolo en los próximos años, y en este sector, uno no despide a una parte sustancial de su equipo de I+D como medida de adaptación a la fase del ciclo económico.

Las grandes y tradicionales farmacéuticas se ven sobrepasadas en innovación por compañías biotecnológicas desconocidas para el gran público, de un tamaño -el de algunas- que incluso supera o se acerca a las grandes del sector, como Amgen (NASDAQ:AMGEN) que por capitalización supera ya a compañías como Lilly (NASDAQ:LLY) o Bristol Myers Sqybb (NASDAQ:BMY).

Algunas de las tecnologías y fármacos revolucionarios serán desarrollados por la "Big Pharma", pero la mayoría provendrá de compañías de pequeña capitalización que verán cómo su cotización se dispara; y es ahí donde están las grandes oportunidades. Muchas serán absorbidas antes de que puedan desarrollar todo su potencial, limitando las ganancias de sus accionistas, quienes, a cambio, transferirán el riesgo al comprador. La ciencia avanza con muchos fracasos y contados éxitos, así que habrá un ganador por cada puñado de compañías que fracasen, pero si logramos un grado de acierto en una proporción similar, nuestra inversión proporcionará fuertes beneficios. Ese es el objetivo.

Toda revolución lleva dentro de sí la semilla de una burbuja. Las burbujas tienden a surgir sobre suelo fértil, a partir de una realidad repleta de oportunidades, pero terminan por atrapar la fantasía de los hombres hasta la locura. El sector biotecnológico, si finalmente es protagonista de profundas transformaciones y logros, experimentará la suya propia. Hasta entonces, la tendencia debe desarrollarse plenamente y proporcionar sus frutos. Incorporándonos pronto y tomando posiciones en el sector, nuestro margen de seguridad será amplio y podremos cabalgar la ola de la eventual burbuja biotecnológica mientras la tendencia permanezca intacta y las promesas descontadas en el precio no pierdan por completo el sentido de la realidad.

El camino, no obstante, está repleto de riesgos que habrá que sortear. Algunos de esos riesgos constituyen desafíos para el sector en su conjunto; otros están relacionados con las características típicas de cualquier empresa biotecnológica (véase la sección "basics" en este mismo blog); mientras que un tercer grupo de riesgos son inherentes a cada compañía en particular. Estos riesgos los trataremos con detenimiento en el diario de este blog, especialmente cuando analicemos valores concretos para incorporarlos a la cartera pues, ante todo, el análisis de un valor debe consistir en calibrar los riesgos que comporta frente a los beneficios potenciales. Ahora, en esta sección, sólo quiero dejar constancia de algunos desafíos a los que tendrá que hacer frente el sector en su conjunto:

  • Las incertidumbres en torno a la financiación y viabilidad del gasto sanitario actual, la reestructuración del propio estado del bienestar en los países occidentales, la presión de una población que envejece y el incesante crecimiento de las enfermedades crónicas que encarecen el coste de la sanidad.
  • Lo que en estos momentos son prometedoras investigaciones podrían acabar defraudando muchas de las expectativas puestas en ellas o podrían encontrarse con serias limitaciones técnicas en su desarrollo, dado que no sabemos qué nos reservan los secretos de la vida.
  • El tiempo para que muchas tecnologías maduren podría dilatarse enormemente, ocasionando enormes pérdidas y costes de oportunidad.
  • No existe un modelo de negocio claro para algunas tecnologías –especialmente en el caso de las terapias celulares y genéticas- debido a la ausencia de economías de escala, los elevados costes –lo que exige fármacos con grandes beneficios para la salud a fin de competir con terapias de bajo coste-, la complejidad en la administración de terapias y la concentración de muchas investigaciones en enfermedades "nicho" que afectan a pequeñas poblaciones.
  • El plazo de desarrollo de un fármaco puede sobrepasar fácilmente los 10 años, y hemos de tener en cuenta que el riesgo crece con el paso del tiempo. Aparte del consumo de recursos que tal plazo de desarrollo implica, la demora en la comercialización socava el valor de las patentes y debilita las barreras de entrada a la competencia. La forma reducir de reducir el plazo de desarrollo y su coste es traspasar parte del riesgo a un partner con capacidad financiera, pero en tales casos la contrapartida es la pérdida de la mayor parte de los beneficios que un fármaco acabe generando.
  • Los cambios en la legislación en Estados Unidos facilitará cada vez más la competencia de biosimilares (el equivalente a los genéricos en los biológicos), lo que podría llegar a amenazar la posición de dominio de muchos fármacos biológicos y su valor actual.

Por último, una advertencia general. Grandes avances de la historia, decisivos para el progreso económico y social, se han hecho a costa del capital de inversores que apostaron por compañías y tecnologías pioneras –pienso en la historia del ferrocarril en el siglo XIX o en el desarrollo de la aviación comercial de la segunda mitad del siglo XX. Los que vinieron detrás recogieron el fruto maduro, haciendo rentable una tecnología o rehaciendo un modelo de negocio. Las compañías pioneras consumieron su energía e ingentes cantidades capital en aras del “bien común”, mientras el mundo contemplaba cómo otros sectores obtenían el beneficio –en forma de productividad y nuevas oportunidades- de esas tecnologías financiadas por los pioneros visionarios. Es lo que podría llamarse la "paradoja de los precursores". A donde quiero llegar es a que se puede perder mucho dinero invirtiendo en un sector llamado a protagonizar profundos cambios. La "revolución" no se produce necesariamente en el dinero de los "visionarios". El “timing”, o momento de entrada, el grado de madurez de un sector o tecnología, así como una fuerte dosis de realismo y sentido práctico son aspectos cruciales a la hora de tomar y hacer rentables las decisiones de inversión.

La oportunidad es grande; el riesgo es grande; la recompensa puede ser grande.

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